Nashinandá, la gran nación
Llegué a impartir un curso sobre periodismo, donde, supuestamente, un servidor sería el actor que transmitiría el conocimiento. Pero al entrar al espacio que se habilitó para el curso, el ambiente de otra sabiduría ya estaba rebozante, con una calidez que ofrecían los anfitriones. Lupita, la directora, mostraba una tremenda generosidad cuando compartía sus experiencias como radialista, porque las disponia como en charola de plata para aprender de ellas. Melquiades Blanco, radialista, dirigente indígena y estudioso de la lengua mazateca, compartió sus viscisitudes siempre en el marco del fiel de la balanza, compartiendo lo bueno y lo malo, con el lenguaje propio de un estudioso de la teología de la liberación. Rogelio Rosas, hermano de Melquiades, con su avidez de conocer a fondo los problemas para darle solución práctica, rociaba con ambiente fresco los diálogos y debates que surgieron a lo largo del taller. Y detrás de ellos y como una especie de representación de la sociedad mazateca, el resto del grupo. Señores, Señoras mayores. Jóvenes y niños; todos ellos con espacios en la programación de esta radio indígena.
Primer punto, dije al iniciar el curso, el objetivo del taller es construir un noticiero para Radio Nhandia, un espacio de ida y vuelta con la comunidad. Así que, subrayé, vayamos pensando en el nombre del noticiero.
Ya era otro día, el primero del curso. El salón estaba lleno de miradas humildes, de niños, niñas, jóvenes que en recreo que tuvimos, mostraron sus habilidades como radialistas. Eran bilingües, operaban la consola con destreza, sin perder la lógica de su discurso radiofónico, nos atendieron con sonrisotas que marcaron el ambiente.
El café de olla nunca faltó. Y el café de olla no se podía digerir con gusto -eso decían- si no estaba una charola rebozante de pan que diariamente elaboraba don papá oso. Melquiades se dio lustre cocinando; doña Jovita disponia de tortillas y sabrosos tamales. Así que el curso tomó cursos de sabrosura por el conocimiento, para hacer comunidad en una radio social.
Ya sabemos -dijo Melquiades. Propongo que al noticiero le llamemos Nashinandá, porque Nashinandá implica un concepto del pueblo mazateco sobre su territorio, sus aguas, su cielo, su pueblo y sobre todo, su cultura, como usos y costumbres tanto en lo social como lo espiritual. Y si queremos hacer un noticiero del pueblo mazateco, el término de Nashinandá implica todo eso. Implica nuestra nación.
Nadie contradijo a Melquiades. Al contrario, estuvieron a la espera de alguna réplica para fortalecer la propuesta.
Fue de esta manera en que escuché por primera vez la palabra Nashinandá. En adelante, Nashinandá será para mí la segunda patria.

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