Nashinandá, un viaje al paraíso terrenal
La primera vez que escuché la palabra Nashinandá, fue hace unos once años. Después de una larga travesia, que llevó más de 13 horas para llegar de la ciudad de México a este destino. Para mí fue escalar a la punta del cielo, a un lugar donde puedes tener de techo y de tierra firme, a nubes. Nubes que también nos acompañaron hasta Mazatlán Villa de Flores.
Fue una trayectoria que partió desde el desierto sonorense, siguió en una selva, la de asfalto de la ciudad de México, y llegó hasta las cordilleras de Oaxaca, en la región que habita el gran pueblo mazateco.Un camino de terracería que te aventura entre los caminos más peligrosos, dónde a veces sólo miras un abismo interminable al lado de la ventanilla, por el otro, enormes encinos y pinos que rasguñan nubes y cielo.Y cuando no sales de estas sorpresas naturales, de repente, el camión en el que viajas, frena repentinamente, porque frente a él, se encuentra otro vehículo que viaja en sentido contrario.
Fue en los tiempos en que colaboraba con Radio Bemba, una radio comunitaria de Hermosillo, en la que disfruté la libertad completa para ejercer el periodismo. Como reportero de los noticieros de la radio, como conductor y productor de un programa en el que decidimos hacer un periodismo libre, que nos hizo navegar en la cresta de la ola social. Aquí fue la raíz que me llevó a conocer esta gran nación oaxaqueña.
Llegamos a Mazatlán Villa de Flores para ofrecer un curso de periodismo radiofónico. Tramposamente, el diseño que armé para esta experiencia, lo elaboré para 30 días, tiempo insufiente para conocer a este publo, que ha sido cuna de grandes personalidades: Los padres de los hermanos Flores Magón y loa gran señora sabia y curandera de María Sabina. De hecho, desde antes de salir a este viaje, empecé a sentir en mi corazón, u tamborcito que me empezó a marcar un nuevo ritmo en mi vida.

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