Socaaix, territorio Comcaac Llegamos a Socaaix, Punta Chueca, sin problemas. Con carretera pavimentada hasta la entrada de esta comunidad originaria, el trayecto se realizó de tal manera que pudimos embelesarnos con la belleza dual del color turquesa del mar y los colores de la arena y las montañas de la Isla Tiburón. Mar y tierra, otra expresión de la belleza del desierto sonorense. Llegamos más que puntuales a celebrar el año nuevo de esta nación. Nos movió la solidaridad con este pueblo que se ha visto agredido, diezmado y que milagrosamente están teniendo un renacimiento en la actualidad. Nos interesó sobremanera por qué la celebración en este cambio de estación y, en lo particular, aprovechar la conexión que se logra tan sencillamente en un lugar poderoso, como la isla, tan majestuoso como sus cordilleras que han albergado tinajas para bien de la fauna. Y frente al sol, nuevo e intenso sol, que significa la renovación espiritual, renovación de la naturaleza con las lluvias v...
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Nashinandá, un viaje al paraíso terrenal
La primera vez que escuché la palabra Nashinandá, fue hace unos once años. Después de una larga travesia, que llevó más de 13 horas para llegar de la ciudad de México a este destino. Para mí fue escalar a la punta del cielo, a un lugar donde puedes tener de techo y de tierra firme, a nubes. Nubes que también nos acompañaron hasta Mazatlán Villa de Flores. Fue una trayectoria que partió desde el desierto sonorense, siguió en una selva, la de asfalto de la ciudad de México, y llegó hasta las cordilleras de Oaxaca, en la región que habita el gran pueblo mazateco.Un camino de terracería que te aventura entre los caminos más peligrosos, dónde a veces sólo miras un abismo interminable al lado de la ventanilla, por el otro, enormes encinos y pinos que rasguñan nubes y cielo.Y cuando no sales de estas sorpresas naturales, de repente, el camión en el que viajas, frena repentinamente, porque frente a él, se encuentra otro vehículo que viaja en sentido contrario. Fue en los tiempos en ...
Nashinandá, la gran nación
Cada vez que recuerdo el curso que ofrecí en Radio Nhandia, el olor del café me impregna la nariz, luego el cuerpo, hasta siento que transpiro esas miradas gentiles y traviesas de Juventino y Toño, o bien, junto con pegado, la calidez y generosidad de doña Jovita, una señora de más de 60 años que nunca faltó a clases sin sus tortillas que hacía con mano propia, desde el corte de la mazorca, desgrane, remojo y molida del grano con un metate que tiene a la mano en su cocina. Llegué a impartir un curso sobre periodismo, donde, supuestamente, un servidor sería el actor que transmitiría el conocimiento. Pero al entrar al espacio que se habilitó para el curso, el ambiente de otra sabiduría ya estaba rebozante, con una calidez que ofrecían los anfitriones. Lupita, la directora, mostraba una tremenda generosidad cuando compartía sus experiencias como radialista, porque las disponia como en charola de plata para aprender de ellas. Melquiades Blanco, radialista, dirigente indígena y estudio...
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