Nashinandá, la gran nación
Cada vez que recuerdo el curso que ofrecí en Radio Nhandia, el olor del café me impregna la nariz, luego el cuerpo, hasta siento que transpiro esas miradas gentiles y traviesas de Juventino y Toño, o bien, junto con pegado, la calidez y generosidad de doña Jovita, una señora de más de 60 años que nunca faltó a clases sin sus tortillas que hacía con mano propia, desde el corte de la mazorca, desgrane, remojo y molida del grano con un metate que tiene a la mano en su cocina. Llegué a impartir un curso sobre periodismo, donde, supuestamente, un servidor sería el actor que transmitiría el conocimiento. Pero al entrar al espacio que se habilitó para el curso, el ambiente de otra sabiduría ya estaba rebozante, con una calidez que ofrecían los anfitriones. Lupita, la directora, mostraba una tremenda generosidad cuando compartía sus experiencias como radialista, porque las disponia como en charola de plata para aprender de ellas. Melquiades Blanco, radialista, dirigente indígena y estudio...